lunes, 21 de noviembre de 2016

Aluck nos trae la manzana de la discordia.

Aluck había dado muestras de lo buena representante que es y lo gran actriz que es en su anterior obra “Cuerpo caníbal”. En su momento, una oscura obra que mostraba de forma metafórica, la basura en la que se convierte el autoritario. Ahora, en “La gran manzana”, y basándose en su versatilidad, muestra a una peleadora pareja que apunta contra su marido, para limpiar sus impurezas maritales.

En “La gran manzana” actúan Aluck, protagonista y pareja, Fernando Castrillón, marido y contrincante, Fausto Duperré, hijo y Nicolás Munaretti, árbitro/juez. La ambientación parte del teclado de Diego Bustos. Ellos, dirigidos y confirmados por Ariel Boiola, director y dramaturgo; ponen en pie esta batalla por la salvación o disolución del amor y de la historia, aunque puede ser que, los tenga más unidos que nunca.

La manzana, figura que en la religión refleja el pecado, aquí parece ser la resolución al amor. ¿De qué lado caerá la misma? Por un lado la pasión de las manzanas rojas y por el otro la esperanza de las verdes.

En “La gran manzana” su director muestra que partes que en su momento se amaron e incluso aman en la actualidad, compiten. Y que la mujer, en su rol pasivo de control, decide. A su hijo lo llaman verdulero, y come lo que ellos dejan. Las enseñanzas, los errores, los aciertos. Come manzanas como cualquiera de nosotras haría lo mismo con sus padres.

El vestuario sublima. Muestra a cada una de sus partes y las diferencia. Y la escenografía, aunque casi nula, hace que los elementos matemáticamente distribuidos, levanten todo un espacio que vemos y que realmente no está.

Entretenida, audaz, prepotente y realista propuesta de Ariel Boiola, que sigue destacándose en cada una de sus obras.

La presente crítica es propiedad exclusiva de Natalia González para Teatro con Rouge.